Cuenta la leyenda, que hace mucho, mucho tiempo, habitaban
en los bosques unos pájaros grandes, muy grandes, con largas plumas rojas, y un pico ancho y dorado. Muchas veces no se les
veía, vivían escondidos, en su mundo. Un mundo al cuál por un camino secreto, que muy pocos conocían.
Eran pájaros muy extraños, pero inteligentes, sabían hablar varios idiomas.
Cuando hablaban entre ellos, en su idioma, se podían escuchar silbidos y gorjeos, y se veía la figura del ave bien erguida,
con la cabeza bien estirada, y con las alas resplandecientes por el sol.
Pero cuando conversaban con las personas, era digno de ver, y de escuchar.
Emitían un sonido musical, la entonación que empleaban era dulce, constante, como si cantaran una nana. Y siempre que se quedaban
escuchando a la otra persona, balanceaban la cabeza de un lado a otro, como descubriendo los sonidos que salían de la boca
de la persona.
Tenían una mirada inteligente. Estaban siempre atentos a cualquier movimiento
o ruido. Y por las mañanas se les podía ver contemplar el cielo, despidiéndose de las estrellas y saludando el nuevo día.
Sí, eran unas aves muy inteligentes.
Vivían en grupos reducidos, en perfecta armonía, pero preferían echar a volar
solos. Nadie sabía hacia donde se dirigían, sus viajes eran tan secretos como el origen de estas aves. Había días enteros
que se perdían en la infinidad del mundo, y cuando volvían, se les notaba un poco más envejecidos, pero siempre con la cabeza
bien alta. ¿Qué harían?
Esas aves tenían varias vidas, había veces que vivían un solo día, y otras
veces, podían vivir semanas, meses y hasta años. Pero, lo bonito de todo, es que volvían a nacer.
Tenían un inmenso nido donde dormían por las noches, y cuando ya habían vivido
lo suficiente, se hacían viejitos, y se deshacían, en una pequeña explosión de luz y humo. En el nido sólo quedaban las cenizas.
Sin embargo, a los pocos minutos, salían de las cenizas, convertidos en una
pequeña ave fénix, y dispuestos a conocer más vida